Siempre he querido escribir sobre los exámenes de septiembre, que, para mí, siempre se han parecido mucho a las promesas de año nuevo, las de inicio de curso, a dejar de fumar… Pero por algún motivo siempre he tenido que postergarlo… ¡¡¡HASTA AHORA!!!
Los exámenes de septiembre realmente empiezan en junio, cuando al salir del último examen al que te has presentado dices “esto no puede seguir así, me doy una semana de descanso y me pongo a estudiar”. Mi problema es más complicado aún, estudio y a última hora tengo ataques de pánico y decido que esa no es mi convocatoria, así que realmente en mi expediente no hay muchos suspensos, hay un montón de NP. Mi fama ha llegado al punto de decir “buff, qué mal llevo Propulsión” y no sólo no dejarme moverme de la silla estudiando sino que me acompañaron a la entrada del aula de exámenes, se aseguraron que entré y hasta que no me dejaron los folios sobre la mesa de allí no se movió nadie.
Por ese motivo este año dije “yo empiezo a estudiar el lunes, que sino no me da tiempo” a lo que siguió una sonora carcajada de incredulidad. En ese momento yo, superdigna dije que si me ponía lo cumplía… pero una vez más, el ritmo diario de estudio me duró poco más de 10 días (aunque no por mi culpa, que entre bodas, visitas familiares y demás no he podido cumplirlo).
Evidentemente, me ha vuelto a pillar el toro y me encuentro ante la situación desesperada de la mayoría de los estudiantes. Tengo que estudiar 6 asignaturas en tiempo récord y ni Usain Bolt. Esto me recuerda al Baitu en el que conocí a Pedrito y que, no sé a cuento de qué le comenté que me habían quedado 11 para septiembre (esto tampoco fue así, no es que hubiera palmado 11, es que tenía 10 NP) y Pedrito, después de mirarme con su habitual cara de “acabo de tener una idea brillante” me dijo: “¿te importa llamar a mi madre y contárselo? Así lo mío parece menos grave”. En ese momento no sabía si odiarle o no, pero ese chico me hizo gracia y ahora le tengo hasta cariño xD
Y como todos sabemos, a grandes males, grandes remedios… En este caso, antes situaciones desesperadas, medidas desesperadas. Es ahora cuando organizas un perfecto planning de estudio que piensas seguir con rectitud militar incluso a costa de quedarte sin dormir. Esto viene siendo como el típico dietario que cuelgas en la nevera que te dice que el lunes vas a desayunar café con leche desnatada, dos tostadas con pavo y una pieza de fruta, un té a media mañana, que vas a comer arroz hervido y pollo a la plancha, vas a hacer una merienda calcada al desayuno y la cena un yogur y vas que te matas. Todo esto viene al comentario de Alicia (más que acertado, por otra parte) en el que te dice “es que tú no sabes organizarte, tienes muchos exámenes y muy seguidos. Te vuelcas con la primera asignatura y con el resto no te da tiempo. Tienes que dosificar”.
Entonces tú, orgullosa de tu planning, QUE NO PUEDE FALLAR, se lo enseñas a tu colega (el que está pasando de estudiar porque no le da tiempo) y le dices:
– ¿qué? ¿cómo lo ves?
– pues veo que vas a palmar Cálculo
– ¿tú crees? ¿le he puesto pocas horas? (cara de pánico)
– no, lo que veo es que te acabas de organizar 18 horas diarias de estudio y salvo que no comas y no duermas y no vivas, como que tu plan no encaja. Vamos, que no es viable.
Ahora es cuando de verdad sientes que tienes ganas de matar porque encima ¡¡¡se escojona!!! (normal por otra parte, no le culpo por ello). ¿Qué te queda en este momento?
a.- rezar
b.- ir a Fátima/Lourdes y solicitar un milagro
c.- esperar un aprobado general por jubilación (incluido en la opción b)
d.- suicidarte
e.- resignarte y asumir que eres un desgraciado
pd.- Ánimo a todos los que estén de exámenes, que podemos con esto. Yo en cuanto acabe mi descanso para merendar y escribir esto, allá que voy con mi fabuloso planning de 18 horas. (Es broma, ya está rectificado)
